jueves, 1 de abril de 2010

Bilbao- New York- Bilbao, Kirmen Uribe

Dice un refrán indio: No le prives a un mocasín del camino, ni de la mar a luna....

Nos conocimos en La Casa del Libro, como unos peces voladores  cualesquiera...
Fue un amor a primera vista. Le miré. Me miró. Y al rato salíamos, rumbo a no sé sabe bien dónde. En la primera cafetería no pude por menos que detenerme. Y fue entonces cuando comenzó a hablar. Y yo a escuchar. Que si era vasco. Que si había nacido en los años 70. Que si le gustaba el mar y contar historias. Que si estaba obsesionado con los barcos, entre otras cosas, porque su abuelo y su padre habían sido pescadores y tenía muchos relatos de su familia y amigos relacionados con el mar, sobre los que había estado investigando. Que el barco de su abuelo se llamaba Dos Amigos... Hablaba y hablaba sin parar y al rato me confesó que había ganado el Premio Nacional de Narrativa 2009 y el Nacional de la Crítica 2008. Estaba realmente asombrada.


Tuve que dejar de escucharle porque tenía mil y una cosas que hacer. Pero quedamos para la noche no sin antes decirme que si me apetecía volar con él a Nueva York. Naturalmente le dije que sí a todo. Los vascos siempre me han caido bien. Llevo varias noches durmiendo con él y cada una de ellas, me deja más asombrada. Por la distintas narraciones que me regala, por visitar juntos –volando o navegando- la costa cercana a Bilbao, o la de Ondarroa, su lugar, donde en tiempos, en época de abundancia de pesca y de solidaridad, los pescadores repartían sardinas entre la gente del pueblo. Hemos incluso llegado a Rockal, cerca de la Isla de St. Kilda, en el Mar de Escocia. Y por supuesto a N. York. He conocido la historia de su madre y de su padre, y de como se casaron, no sin antes sacar él el título de patrón de barco; del viaje que hizo hace poco a Letonia, donde escuchó, por última vez, cantar al cuco, junto con otros poetas y escritores. También he sabido de Nerea... y del hijo de ella. De como estaban predestinados desde aquel baile de adolescentes, donde a ambos les tocó la misma carta de dos distintas barajas, aunque él –entonces- se retiró del juego.

Llevo ya más de la mitad del libro leído y cuando me vence el sueño, vuelvo a mirar el dibujo del barco de la portada, lo meto, junto con mis gafas de cerca, debajo de la almohada... y me duermo. Es una naración asombrosa, distinta, donde se entremezcla el pasado con el presente, la realidad con la leyenda, su amor a Euskadi con el que tiene a la literatura, todo ello amasado con su pasión por narrar...

Porque, tal como se dice en esta misma novela, en boca del escritor Foster Wallace y hablando del hecho de escribir: “Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva (...) se trata de algo muy sencillo: desde los griegos la buena literatura te hace sentir un nudo en el estómago. Lo demás no sirve para nada”.


Para un indio caminante en una noche de luna llena.

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