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viernes, 4 de diciembre de 2015

ARQUITECTURA MADRILEÑA DESCONOCIDA VIII. Edificio de la Real Compañía de Minas en Madrid



Realmente, no se puede considerar un edificio ni perdido ni inédito, ya que está en la Plaza de España esquina a la calle Bailén. En pleno centro. Pero los turistas y madrileños que por allí acertamos a pasar, nos fijamos en la Torre de Madrid o en el polémico Edificio España. Y rumbo hacia la Plaza de Oriente, dirigimos los ojos hacia el Palacio Real.

Por lo que, a pesar de ser hermoso y bien construido, pasa casi desapercibido.


Muy pocos saben que fue el arquitecto Manuel Martínez Ángel, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, quien lo diseñó en 1898. Un hombre que fue asesinado de un tiro a bocajarro, por un alumno suyo, porque no le había aprobado el examen. Alumno que después de matarlo, se suicidó.

Tampoco sabemos que fue la sede de la Compañía de Minas, una de las más importantes empresas de metalurgia y mineras de Europa, con instalaciones y sedes en España, Francia, Bélgica, Noruega y en el norte de África.


Pero anécdotas aparte, el edificio es más que interesante. Ecléctico, enorme y en esquina, su fachada está formada a base de piedra, en planta baja, y de ladrillo en el resto de sus planta. Coronado por tres  torreones, con preciosos miradores en el chaflán y enormes ventanales abalconados. La cubierta, muy francesa y amansardada, con buhardillas de zinc, cornisa con angelotes y motivos vegetales.


Ha tenido varios dueños, después de dejar de pertenecer a la Compañía de Minas. Que yo sepa, perteneció a la Mutua Madrileña y a la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid. 

Restaurado recientemente por la Empresa de restauración Kalam, actualmente está medio abandonado, aunque volvió a recobrar recientemente parte de su gloria anterior, con motivo de la exposición de Casa Decor en el año 2012.





viernes, 6 de julio de 2012

Amar mi ciudad / Una fabulación de cómo comenzamos a dejar huellas y a sentir querencia por nuestras ciudades.






Amar mi ciudad.

Perderme –ahora-  en mi ciudad.

Sentirla –ahora- como un espacio conocido. No sólo presentido, sino cierto.

Escuchar –ahora- entre las sirenas de las ambulancias y el murmullo de los coches,  corriendo veloces hacia ninguna parte, aquella canción. La canción de esos días en donde todo parecía explotar.

Adivinar –ahora- detrás las farolas de la noche y del color del los semáforos siempre en rojo, el recuerdo de aquel banco, de aquel beso. De sus ojos.

Observar –ahora- en los edificios ya lavados, entonces grisáceos y oscuros, el balcón donde vivía. En una calle cercana de la mía. En el mismo barrio. Apenas a cinco minutos de camino. Tantas veces paseado de su mano, con la sensación de estar tocando lo prohibido, lo emocionante. Con toda la timidez del primer roce de mi dedo en su dedo. De mi palabra abrazando su palabra. De mi piel, explorando su piel.

Amar –ahora- los atajos que inventaba para llegar a mi casa corriendo como un caballo desbocado. Desde que me llamaba para decir ¿quedamos? Hasta que se presentaba en mi portal, esquivando mendigos, policías, viejas vestidas de luto, caminantes perdidos y chuchos abandonados. Con ojillos de adolescente enamorado y un libro siempre en su cartera, una flor recién cortada en la terraza de su casa o un poema.

Saborear- ahora- esos meses de primavera en los que dos adolescentes nos quisimos, perdidos entre los edificios de la ciudad que aparecía a nuestros ojos nueva y sorprendente. Descubriendo lugares - encaramados sobre el viejo tranvía- hasta barrios nunca visitados. Olvidándonos de todo lo ajeno a nuestro mundo compartido de sueños

Participar –ahora- en una re-memorización de aquel universo. Se me hace difícil. Se me antoja perdido y lejano.

Pero fue aquel primer amor de primavera, inocente, tímido y explosivo, lo que me hizo, para siempre,  AMAR MI CIUDAD.