martes, 4 de mayo de 2010

Un abismo a mis espaldas...

Mi madre siempre se ha hecho un lío con eso de las palabras. Nunca encontraba la que quería –creo que ni siquiera la buscaba- y por supuesto desconocía el significado de la mayoría. La cosa, el sitio, el aparato, ¿cómo se llama? eran sustitutivos a los que la familia nos fuimos acostumbrando, considerándolos unas rarezas más de nuestra progenitora. Uno de mis hermanos recuerda la ocasión en que mi madre me pidió: “¡Ve allí y tráeme eso!, y yo, con mis ocho años, corrí a su mesita de noche a traerle una pastilla de optalidón al que era adicta, igual que tantas otras mujeres de su generación.

Tampoco recuerda el nombre de la personas, algo frecuente a su edad, e incluso a la mía. Pero no los ha recordado nunca, ni siquiera el de sus hijos, llamando Alfredo a Santiago, Ramón a Alfredo, y a Santi, Ramón. Y yo, como no tenía hermana a la que parecerme, me ponía el nombre de la suya, Mary, con el que se dirigía a mí, día sí y día también, para mi gran desasosiego. Y qué decir tiene de los de sus nietos...

Por eso no nos extrañó mucho el día aquel en que fuimos a comer a su casa, y cuando nos vio reunidos alrededor de la mesa, sin haber traído siquiera el primer plato, a bocajarro nos soltó: Hijos, necesito hablar con vosotros. A ver tú, Ramón, siéntate a mi lado; enfrente, Mary; a mi derecha Santi y Alfredo al lado de Ramón. Por supuesto todos nos sentamos como Dios nos dio a entender, porque vimos que era mejor no liar la cosa, ante la gravedad que parecía tener el asunto.

He pensado, añadió, que desde que murió vuestro padre, la casa se ha quedado muy vacía. Pero mamá, ¡si fue hace treinta y cinco años! soltó Santi que siempre había sido algo bocazas. Calla Ramón, y déjalo estar, contestó ella. La cuestión es que me voy a casar... y quiero presentaros a mi futuro esposo.

Un aire gélido lleno el ambiente. ¿Casarse nuestra madre? Pero si eres virgen, mami... comentó Alfredo, que nunca se entera de nada. No seas idiota, dijo nuestra madre, no se trata de un tema ni erótico ni festivo, ni por supuesto sentimental. He conocido a un millonario. Sí, hijos, ¿quién me lo iba a decir a mí? Un hombre muy rico que ha visto en mí algo que no quiere perderse. No os puedo decir qué es porque no puede explicarse bien. Hijos míos: es mudo.

En esto alguien susurró: como dijo Richard Wagner, huyendo en trineo de sus acreedores, llevo un abismo a mis espaldas... Y todos nos dimos cuenta inmediatamente que más que un susurro era una voz en "off"que se escuchaba en un magnetofón antiguo. Nos volvimos todos a una y allí estaba él, nuestro futuro padrastro, sin voz que se había quedado, seguramente de un susto, con un abismo a sus espaldas desde entonces, pero que había sabido recomponer. O acostumbrarse.

El susto, que ahora fue morrocotudo, fue el que nos llevamos todos los hermanos, al darnos cuenta que además de carecer de voz, carecía de alma, ya que vimos que nos apuntaba con una pistola mientras el magnetofón gemía: ¡O me concedéis la mano de nuestra madre o me mato!

Nadie entendió nunca por qué nos apuntó puesto que no quería hacernos ningún mal, aunque el resultado fue muy efectivo y rápidamente le dimos la mano, el pie y lo que hiciera falta... Tampoco se comprendía cómo, si era mudo, pudo hablar  antes ante un magnetofón. ¿Cosas de brujas?

El final de esta historia es extraña. Deberíamos ser ahora inmensamente ricos y mi madre estaría contenta al vernos así, pero sigue con su proverbial despiste. No era millonario, sino mercenario, lo que le había reportado otrora pingües beneficios, aunque no tantos como pensábamos. Se han convertido ambos en una pareja cañón, nunca mejor dicho, y mi madre –con gran paciencia- le ha enseñado a hablar. Con su manera de enfocar las cosas,  de olvidar y  de trastocar las palabras, nuestro padrastro (que aunque no lo he dicho, lo digo ahora, es ucraniano) ha aprendido un castellano casi perfecto.

A mi me llama Mary, claro, a Alfredo, Santiago; a Ramón, Santi y a y a Santi, Ramón, con lo que básicamente todo, como era de esperar, permanece invariable... En fin, como la vida misma.

3 comentarios:

Mª Pilar dijo...

¡¡Qué susto me he llevado¡¡, cuando empecé a leer el cuento, pensé que era de verdad, jaja, conociendo a tu madre, alguna de las cosas que pones se le pueden achacar jaja.
Me he reído mucho, es genial el cuento, y ¿Sabes? mucho más real de lo que parece.

Un abrazo

Tia Pili

Krust dijo...

Tan real que a mí me ha pasado lo mismo, asuntos de familia donde la ficción (a veces procesada en la mente de algún protagonista, y que se convierte en leyenda con el paso de sucesivas generaciones) se da la mano con las circunstancias que pueden acontecer en una anónima vida presente y real...
Como dijo tu padrastro: Wagner era ucraniano, de Kiev concretamente! Si tu madre ficticia encontrara por una vez, solo por una, la palabra adecuada tras leer este relato, posiblemente sería: Genial.

Un beso Mary... digo Cris.-

Mª Pilar dijo...

Cris, si entras y me lees, pásate por mi blog que tengo un premio para ti, lo recoges y te lo traes al tuyo.

Un beso

Pilar