martes, 2 de febrero de 2010

CAÓTICA PLAZA


Arquitectura y urbanismo ¿dónde está el límite que los separa? Si cuando estudiábamos la carrera, el urbanismo era una asignatura inabarcable, más bien teórica y algo neutra, con el paso de los años me he dado cuenta que  la ciudad -o a una escala menor, el barrio-, es la casa de todos-, que planificar el espacio público, el lugar, es lo primero, que no deberían de primar los intereses de unos pocos y que sería deseable un urbanismo participativo, con voces orquestadas, siguiendo una idea común: crear lugares para el encuentro, la vivencia y la convivencia (como dice la arquitecta Adriana Bisquert). 

Así no están diseñadas en general las ciudades. Tampoco aquella donde habito. Y si voy aumentando de tamaño el zoom, como en el “google earth”, me encuentro con la Puerta del Sol de Madrid, la puerta de la luz, lo que se me ocurre llamarla por esos cielos velazqueños con los que se engalana al anochecer.

Foto: Eva Rögers

Se hace imposible desvincular el trazado semicircular de su planta o la arquitectura de sus fachadas del siglo diecinueve, sobrias y con ese halo de post-guerra de hostal cutre o de tiendas de fotocopias a tres céntimos el folio, con la gente que a cientos, la visitan cada día, sorteando los obstáculos con los que nuestros regidores nos obsequian, ya sean vallas, máquinas, obreros, tubos, cables o irregularidades de su superficie transitable -léase zanjas-. 

Y a pesar de ello a los madrileños nos gusta visitar nuestra puerta-plaza, con esa indiferencia que sentimos hacia lo propio. Y la vemos más como un imán que nos atrae que como un lugar de recogimiento. La consideramos más un espacio para la cita y para el encuentro rápido que para el reposo y la contemplación. 


A rebosar siempre de seres multicolores -que como espía urbana contemplo- alumbrados por el faro reloj que corona la actual sede de la Comunidad o Casa de Correos, no hace tanto Dirección General llamada de la seguridad en cuyas mazmorras se aislaba y torturaba a opositores al régimen franquista, o anteriormente, Ministerio de la Gobernación donde se proclamó la II República un día de primavera. La historia queda unida, en este espacio público y simbólico, con la horterada kitsch de un oso que se encarama a un árbol llamado madroño, con una copia de la Mariblanca montada sobre un pedestal pétreo o con la monumental escultura en bronce de un Borbón urbanista a caballo: Carlos III. 

Pero aunque ahora parecía que habían acabado, creo que seguiremos siempre en obras, ya sea en superficie o en los túneles que horadan el subsuelo de la plaza y que albergan metros y trenes. 


Y la cantidad de situaciones impredecibles nos siguen sorprendiendo de una manera distinta cada día, precisamente por eso, por su imprevisión. Palabra que seguramente define la singular entrada -en forma de oruga de transparentes facetas- a la nueva estación de cercanías; la desordenada ubicación de los kioscos de prensa –algunos de ellos de gran solera- colocados como quién ha tirado piedras a un estanque; los imposibles ensamblajes de los pavimentos adoquinados (martirio para tacones y carritos) con los de las tradicionales calles adyacentes; las farolas fernandinas que alumbran un siglo veintiuno insostenible; la furgoneta del sámur allí detenida por si acaso a alguno le da  un histórico vahído; el kilómetro cero; las miradas indiferentes de los viandantes; la policía siempre vigilante; los hombres anuncio; aquellos otros que se disfrazan de estatua, mendigos, turistas desorientados y otros seres que deambulan en zig zag buscando tal vez el tesoro del que hablaba Benedetti o el eco de las campanadas de un imposible reloj en nochevieja... 


 Si la teoría del caos estudia ciertos tipos de comportamientos no predecibles en sistemas llamados dinámicos, la Puerta del Sol de Madrid, entendida como una multiplicidad de sistemas dinámicos claramente impredecibles (arquitectónicos y urbanísticos, flujo de personas y de transporte, distintas e inacabables obras y cambios en su fisonomía desde el siglo XV, entre otros), podemos concluir que es o se comporta como un CAOS. 

Caótica plaza. 


6 comentarios:

Mª Pilar dijo...

Y quizás por todo ese batiburrillo, esa gama de colores, esos puestos en la calla sin ton ni son, es lo que le hace que sea tan entrañable.

Un abrazo

Tia Pili

El reflejo de Alberto dijo...

Concretamente, la puerta del sol es un lugar ideal para observar, para observarnos, como caminamos por la vida... a destajo! Te animo, a ti que la tienes cerca a que lo hagas y te diviertas con el panorama, eso sí, sin tener necesidad de quedar con nadie y sin prisas, como se deben hacer las cosas. Un beso

Manuel Penella Heller dijo...

ya caigo en lo que me pasa con esta plaza, gracias a ti. Espero algo, que creo conocido, y sale siempre otra cosa. Hasta que no consigo salir de ahí me siento de lo más caótico... Manuel

Yamuna dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

De todo menos, ni puerta, ni sol.
En aquellos tiempos cuando casi no había tele, lo primero que un “paletillo” de provincia (que bonita palabra: provincia) le venía a la mente cuando acudía a visitar esa mítica plaza de todos los españoles: el punto cero, era….. ¿Y dónde está la puerta? ¡¡Aquí no hay sol!! -Decíamos los de tierras más luminosas-. Aun así, por más que se empeñen en destrozarla tanto manejante vanidoso, no dejará de ser nunca ese lugar entrañable, familiar, alborotado como trastero de tienda, pero nuestro. Muy nuestro. No hay visita que a Madrid haga, sin tomarme un dulcecito, rápido y a pie tieso, en la esquina con la calle Mayor: La Mallorquina. ¿Te apetece uno?
José.

Cris dijo...

Es un lugar entrañable, sí. Aún desordenado y caótico. Acepto ese dulce, me detendré a mirar entre esa gama de colores y gentes, espero no caerme en alguna zanja... Gracias por vuestros comentarios